Es común ser testigo, en documentales y ante revistas o artículos pseudopsicológicos, de supuestos experimentos que prueban la especialización del cerebro de hombres y mujeres en distintas tareas. Así, se supone que las mujeres son mejores a la hora de hablar y de resolver problemas “sentimentales” mientras que los hombres estarían biológicamente mejor preparados para resolver problemas espaciales y matemáticos. Recientemente vi uno de estos experimentos en la serie-documental del Discovery Channel Human Sexes. Metían en una clase al mismo número de chicos y chicas de la misma edad (unos 18 ó 20 años) y les hacían dibujar una bicicleta de memoria. Tal y como suponían quienes habían propuesto el experimento, las bicis de los chicos estaban mucho mejor dibujadas que las de las chicas. Aparte de variables no medidas como la experiencia que tenía cada individuo en dibujar, etc…, parece que no se considera en este experimento para nada la trayectoria de unos y otras en todo su aprendizaje previo del mundo. Por poner un ejemplo ilustrativo para comenzar, a nadie se le ocurriría hacer ese experimento en un país desarrollado y comparar los resultados de uno en vías de desarrollo sacando la conclusión de que el cerebro de los individuos del país desarrollado tiene más capacidad. Opino que, a otra escala, algo de esto se esconde tras la afirmación de quienes pretenden presentar esas curiosidades como verdades biológicas.

Bandura propuso el aprendizaje social o vicario como un medio de explicar algunos tipos de aprendizaje que no se comprendían del todo basándose meramente en el conductismo. Según esta teoría se considera como estímulos y refuerzos cualquier muestra de afecto o de reprobación por parte de los padres. El niño tenderá a repetir las conductas que susciten en el cuidador muestras de alegría, mientras que tenderá a reprimir aquellas que le hacen enfadar. De esta manera se va interiorizando el mundo social y el niño va captando lo que es socialmente aceptado (por ejemplo, sonreír a los amigos de los padres, acto que siempre es celebrado efusivamente por éstos) y lo que no lo es (por ejemplo, pegar patadas a los niños del parque). Junto con estos aprendizajes más o menos útiles vienen otros, aquellos que introducen a cada individuo dentro de su género, en el rol sexual que le ha tocado desempeñar. Así, si el niño coge una muñeca es probable que algún cuidador (sobre todo masculino) lo repruebe diciéndole que “eso es de nenas”.

Presentaré una breve anécdota en la que puede percibirse cómo los posibles halagos o reprensiones pueden ser el motor de las primeras acciones tentativas de los niños. Me encontraba ante una pareja de mellizos, niño y niña, de dos años, cuando con una naturalidad indescriptible el niño pidió a su padre que le hiciera una coleta. Le dijeron que eso no podía ser, que era de niñas, pero ¿cómo explicarle que aquello que, en su hermana (que por lo demás se encuentra en absoluta igualdad de condiciones con respecto a él), provoca muestras de afecto (aunque sólo sea un “qué guapa te han puesto”) a él le está vedado?

Aunque, tal y como ocurre con el resto de aprendizajes, tampoco hace falta que se sea tan explícito: la adscripción al género se produce simplemente encendiendo la tele, o saliendo a la calle. Cada niño poco a poco se va reconociendo dentro de un grupo, de manera que va considerando aceptables unas actitudes y no aceptables otras, sin necesidad de que se ejerza una coacción explícita.

Pues bien, pienso que esta adscripción lleva emparejado el hecho de que según se sea niño o niña, y además en momentos clave para el desarrollo del cerebro y el aprendizaje (desde los cero a los tres años), se incita a unos y otras a desarrollar capacidades distintas, a “ser mejores” en unas áreas u otras. Así, afirmaciones como “a los niños les gustan más los deportes, son más activos”, serían explicables desde el punto de vista de que se les anima más a ello. Mientras a un niño se le regala una pelota, un tractor, construcciones, etc., a la niña se le regala una cocinita, una muñeca, una escoba y una fregona (lo cual, ante mi horror, sigue sucediendo…). Puede que también una pelota, pero la manera de jugar con ella del padre no suele ser la misma que cuando es un hijo. De este modo, a la hora de calibrar los resultados del “experimento” antes mencionado habría que preguntarse cosas como a qué edad tuvieron unos y otras su primera bici, cuánto la usaban, si sus amigos y amigas tenían, si los cuidadores enseñaron a ambos grupos a arreglarla o no… Parecerán tonterías, pero son cuestiones decisivas a la hora de conocer el objeto en cuestión y de ser luego capaz de dibujarlo. Eludir todo este tipo de cuestiones y pretender que las respuestas sean las mismas poniendo como condición que si no lo son es porque existen diferencias biológicas es absurdo.

Quienes defienden las tesis que expusimos al principio argumentan que la mujer es más locuaz, que aprende a hablar antes y que tiene más capacidad para entender a los demás y comunicarse por razones biológicas: eran ellas quienes se quedaban en casa (“en la cueva”) protegiendo a niños y ancianos mientras los hombres cazaban. Pues bien, opino que no hay que ir tan lejos: si le compras una muñeca y te pones a jugar con ella, no es difícil que hable, le dé el biberón y se invente historias, mientras que el niño no tiene esta oportunidad. Por otro lado, la niña por lo común suele recibir halagos y muestras de afecto por doquier, no se desprecia una ocasión para recordarle lo guapa que va y lo bonito que es su nuevo vestido, mientras que esa efusividad difícilmente se da con el niño. Todo esto influirá a la hora de comunicarse y entender el mundo.

Si se diera una total igualdad de condiciones podría verse si esos resultados que comentábamos tienen un origen biológico o son producto de la socialización. El problema es que es imposible que se dé una completa igualdad en las condiciones en que se socializa el niño y la niña, pues por mucho que los padres quisieran comprar el mismo tipo de juguetes, vestirles con la misma ropa, hablarles exactamente igual, al salir al mundo cada uno se reconocerá en los demás y considerará sus leyes como propias. Insistiré en que no sostengo que esto sea malo ni bueno (aunque siempre será mejor algo más de igualdad, y juguetes como la escoba y la fregona para la niña den repelús), sino que me opongo a considerar los resultados de esos experimentos como una prueba de una diferencia biológica entre las capacidades de los dos sexos. En mi opinión, a tales resultados pueden muy bien subyacer diferencias en la socialización, en la potenciación de determinadas capacidades en la infancia… Si hay diferencias biológicas en ese sentido, habrá que intentar descubrirlas de otra manera.

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