Es una idea heredada de los ilustrados que la universalización de la institución educativa supone una disminución en las desigualdades sociales. En este sentido, la escuela se erigiría como una instancia integradora y normalizadora, capaz de aminorar los efectos de la socialización familiar. De este modo, a mayor tiempo pasado en la escuela habrá más independencia de las condiciones de origen, y, por tanto, mayor capacidad para decidir y elegir libremente. Sin embargo, el Informe de la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI muestra que la prolongación de la escolaridad ha agravado la situación de los jóvenes desfavorecidos, señalando como una de las principales causas de la exclusión social el fracaso escolar.
¿Cómo explicar que las desigualdades se sigan manteniendo a pesar de la universalización de la escolarización y de los recursos invertidos en esta institución?
Hay dos teorías que pretenden aproximarse a este problema: la teoría de la reproducción social y la de la elección racional.
La primera de ellas sostiene que a la hora de escolarizar a la población, de darle una educación pública, no cuentan solamente los recursos económicos, sino que existe un habitus de clase que impediría la total equiparación de jóvenes provenientes de distintas clases sociales. Es decir, a pesar de que la educación sea gratis, influiría el hecho de que los niños provenientes de clases desfavorecidas no han recibido una socialización acorde con lo que van a recibir en el colegio, mientras que la socialización que ejercen los padres de clases medias y altas prepararía mejor a los niños para la escuela. Sin embargo, esta teoría no explica por qué independientemente de la clase a que se pertenezca hay un mayor porcentaje de mujeres que completan sus estudios secundarios (como se explicó en un artículo anterior).
La teoría de la elección racional, por el contrario, explica las desigualdades de oportunidades educativas como la elección individual de personas con distintos recursos. De forma que para algunos será rentable seguir estudiando, por los mayores beneficios que se obtendrán con más estudios (para las clases más favorecidas) mientras que quienes no puedan costeárselos se decidirán por comenzar a trabajar antes. Así puede explicarse el hecho de que todas las capas hayan incrementado su nivel educativo, por la obligatoriedad de la educación secundaria, pero que hayan seguido manteniéndose las desigualdades educativas.
Las soluciones que se han intentado para disminuir este tipo de desigualdades son por todos conocidas: el aumento del gasto público en educación, las becas o los frecuentes cambios en el sistema educativo.
El mayor gasto público en educación, durante la expansión del sistema educativo en los ochenta, apenas produjo cambios significativos, pues las desigualdades siguieron manteniéndose. Las becas, escasísimas en nuestro país, tienen una cuantía tan limitada que los estudios parecen avalar la teoría de que no compensan los costes de oportunidad de seguir estudiando. Por último, los cambios en el sistema educativo, el más importante de los cuales fue el aumento de la enseñanza obligatoria en dos años,  parecen haber tenido una influencia nula a la hora de disminuir las desigualdades, pues el mayor descenso de éstas se produjo precisamente en un periodo en el que no había ningún tipo de reformas educativas.
¿Cómo terminar entonces con las desigualdades de oportunidades educativas? Los “expertos” han descubierto la pólvora: apuntan a que la única manera de solucionar este problema serían políticas generales de disminución de las desigualdades sociales entre las clases (Erikson y Jonsson, “Explaining class inequality in education”, en Can education be equalized?). Vamos, lo que decía Marx hace más de un siglo y lo que nadie parece querer intentar en serio. Así que este tipo de preocupaciones que sólo afectan a pequeñas partes del problema de base parecen tener que ver, como siempre, con el enfoque de lo políticamente correcto instaurado y legitimado desde todos lados.

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