Tomaré como ejemplo la frenología de F. J. Gall; veamos qué puede haber de ciencia en tal disciplina. Los principios de la frenología no surgieron ex nihilo, sino que supusieron un producto de años en los que no se tuvieron muy claros los límites entre filosofía y psicología. Por ejemplo, Hartley erigió su sistema psicológico sobre los principios de la filosofía asociacionista, a la vez que se limitaba a fundamentarla mediante la explicación especulativa de Newton sobre la función nerviosa. Sin embargo, y a pesar de que Hartley quiso crear una psicología que combinara fisiología y filosofía, esta última siempre representó el papel principal. Con Gall, primeramente, se produce una inversión de la anterior relación, y muchas veces se le considera el fundador de la neurociencia cognitiva: fue el primero en confiar plenamente en la idea de que el alma tiene como sede el cerebro. Así, en contraste con los planteamientos de Hartley y de la tradición empirista-asociacionista, Gall no sólo promueve una suerte de materialismo, sino que traslada la importancia del alma –tesis de resonancias escolásticas- al cerebro, legítimo lugar de aquélla; afirmó que es el cerebro el órgano específico de la actividad mental, de igual forma que los pulmones son los de la respiración y el estómago de la digestión. ¿En qué consiste, pues, la “revolución” que Gall lleva a cabo? En asegurar que el estudio de la naturaleza humana debería tomar como punto de partida las funciones del cerebro que dan lugar al pensamiento y también a la acción, dejando aparte las investigaciones de índole introspectiva o abstracta.
Hasta aquel momento, los filósofos habían propuesto facultades como la memoria, la atención o la imaginación, y sin embargo ninguna de ellas podía dar cuenta de modo suficiente de la conducta humana ni mucho menos de las diferencias individuales concretas. En efecto, el problema que consideró Gall consistió en afirmar que las categorías de los filósofos podrían existir, pero que no podían ser estudiadas de modo objetivo o detallado, ya fuera a nivel de especie o de individuo. En palabras de Gall: «todos los hombres, excepto los idiotas, poseen todas estas facultades, pero no todos ellos tienen el mismo carácter moral o intelectual. Necesitamos facultades cuya distinta distribución determine las diferentes especies de animales, y cuyas proporciones expliquen las diferencias entre los individuos» (citado por Young, 1970). En resumen: los conceptos de los que la filosofía se vanagloriaba carecían de utilidad para las investigaciones reales –digamos, empíricas- que requiere la ciencia. De este modo Gall entró en claro conflicto con las ideas de los filósofos empiristas-asociacionistas.
La tesis de Gall se puede resumir en su afirmación de que cada una de las facultades que proponía era innata, y además se localizaba en una región específica del cerebro, lo que implicaba a su vez una psicología comparada. Puesto que el cerebro de las especies varía a lo largo de una suerte de “cadena del Ser”, también deberían así variar las facultades correspondientes.
Así, ¿qué aporta esta “pseudociencia” con respecto al curso normal de la ciencia? ¿No se puede considerar ciencia a aquellas doctrinas que, aun desviándose de los dogmas científicos canónicos, coadyuvan a su propio proceso de desarrollo? El problema al que Gall se enfrentó fue el de relacionar las funciones conductuales específicas con regiones específicas del cerebro, y aunque llevó a cabo algunos estudios anatómicos del cerebro y del sistema nervioso, se dio cuenta de que las técnicas de su época resultaba demasiado rudimentarias para responder a las preguntas que él se planteaba. Y aquí, y sólo aquí, a mi juicio, es donde se puede considerar el pensamiento de Gall como pseudocientífico, pues adoptó una metodología un tanto desviada de la empleada en la ciencia normal: suponer que las facultades intelectuales bien desarrolladas correspondían de algún modo a partes bien desarrolladas del cerebro. De esta manera, los “órganos” de las facultades muy desarrolladas serían más grandes que los órganos de las menos desarrolladas.
Empero, con el tiempo se demostró que sus supuestos básicos no poseían fundamento alguno; tales supuestos eran dos: que el tamaño del cerebro corresponde a la fuerza de la facultad en cuestión, y que las protuberancias del cráneo concuerdan con la forma del cerebro. Tales tesis sufrieron un violento rechazo y fueron catalogadas de falsas y fraudulentas. Sin embargo, y a mi juicio, es innegable el legado de Gall a la historia de la psicología, en la medida en que invirtió el método de trabajo y las hipótesis con las que los experimentalistas debían trabajar.

La corriente actual explica que si un conocimiento en concreto ya no presenta un interés operativo, su obsolescencia será total y acabara por autodestruirse. Sólo mencionaré de pasada la importancia que tendría analizar el para quién representa determinado conocimiento un “interés operativo”, a qué está dirigido su puesta en práctica, y cuáles serían las consecuencias de tal uso.
En cuanto a la vertiente académica, ¿de cuántos conocimientos absolutamente obsoletos se halla repleto cualquier temario de casi cualquier asignatura de cualquier facultad? ¿No se estudia aún en Historia de la Psicología los postulados de Gall? ¿Y en Física a Newton? ¿En Filosofía a Empédocles, en Historia del Arte a Praxíteles o en Derecho a Bartolomé de las Casas? Es decir, –y tomando en consideración los ejemplos anteriores- lo obsoleto, aunque en su “uso operativo” quede reducido a nada, en su significación teorética, sin embargo, supone un baluarte a tener muy en cuenta.
Lanzo la siguiente pregunta: ¿qué es, en general, un “conocimiento obsoleto”? ¿Quién o qué decide que en efecto lo es?
¿Por qué dejar de lado lo que sin embargo puede tenerse en cuenta?

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