Antoine de Saint-Exupéry abre su inmortal Le Petit Prince (publicado por vez primera en 1943 y traducido a casi doscientas lenguas) con una dedicatoria a la que, me parece, no se presta la suficiente atención. La obra comienza con una disculpa: pide perdón a los niños «por haber dedicado este libro a una persona grande (à une grande personne)», presentando algunas “excusas” para ello, entre las que contamos que, León Werth, a quien están dirigidas estas palabras, es una “persona grande” que “puede comprender todo” (peut tout comprendre) -y añade el autor, “hasta los libros para niños”. ¿Qué significa este “hasta” (même)?

Baltasar Gracián escribía en la “Crisi Segunda” de El Criticón (Cátedra: Madrid, 2007, pp. 74 y ss.): «Fáltanos la admiración comúnmente a nosotros porque falta la novedad, y con ésta la advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del ánimo cerrados y cuando los abrimos al conocimiento, ya la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no dexa lugar a la admiración». Gracián reclamará al final del párrafo una “renovación del gusto”, es decir, un volver a contemplar el mundo “con novedad en el advertir”, derribando los muros franqueados por aquella costumbre tan bien enquistada.

Al margen de la interpretación tradicional -y casi canónica- que se ha ofrecido sobre El Principito, esto es, la de un ejercicio metafórico en el que el autor pretendería explicitar una crítica a la visión “adulta” del mundo a través de los ojos del niño; al margen de tal visión, digo, intentaré ensayar en un comentario “por fascículos” (dedicando una entrada a cada capítulo del libro), una perspectiva diferente al hilo de la cita de Gracián, y que en términos generales podría formularse de este modo: como el propósito de regresar a lo no deseado y sin embargo siempre admirado (en cuanto eco de aquello que se ha perdido de una vez por todas). Es decir, la infancia como telón de fondo de una obra cargada de metáforas, desde luego, pero que encierra un panorama inquietante en cuanto a lo que, en palabras del autor ya en la misma dedicatoria, pocas personas recuerdan (mais peu d’entre elles s’en souviennent): haber sido niños.

Me parece que podemos situar la atención sobre el siguiente aspecto: El Principito arranca con la alusión a un “yo” en un momento determinado del pasado; desde el principio Saint-Exupéry pone énfasis en la temporalidad de nuestra existencia. Estas palabras son «Cuando yo tenía seis años» (Lorsque j’avais six ans). Cuando él tenía seis años “vio”, una vez (j’ai vu, une fois), una lámina: el narrador “vio” algo fijo, permanente, que no se mueve; aquella lámina “representaba” (représentait) a una boa que engullía a una fiera. Entonces el narrador, tras reflexionar “mucho” sobre “las aventuras de la selva”, decidió hacerse pintor -aunque más tarde abandonará la idea porque “las personas grandes” le aconsejan dejar a un lado sus “dibujos” (les dessins) para centrarse en geometría, cálculo, historia o gramática. Así, finalmente, nuestro protagonista se decanta por los aviones y queda convertido en piloto, lo que le permite conocer a “muchísima gente seria” (gens sérieux) y vivir con “personas grandes” (a las que ha visto “muy de cerca”, sin mejorar “excesivamente” su opinión sobre ellas).

Lo importante de su “dibujo número 1″ no era lo que representaba, sino lo que no representaba: un sombrero. El narrador se muestra, más que enfadado, defraudado por la opinión de aquellos a quienes interrogaba acerca de lo que su dibujo reflejaba. Ante la total incomprensión suscitada por su obra (las personas grandes “siempre necesitan explicaciones” [Elles ont toujours besoin d'explications]), aquél diseña una estampa más explícita, en la que definitivamente se hace patente que lo que su dibujo representaba era en verdad una boa en plena digestión de un elefante al que se había tragado.

Así, para comenzar, planteo dos cuestiones que me parecen interesantes de cara a los siguientes capítulos: a) la relación del lenguaje de la “representación” (un sujeto que observa, un objeto contemplado, y una interpretación que media entre ambos) con el descontento que produce en el narrador el hecho de que su dibujo no sea “correctamente traducido”; y b) la desproporción que parece existir entre la frase de la dedicatoria a la que hacíamos mención más arriba, en la que Sain-Exupéry declara que León Werth  puede comprenderlo todo, “hasta” los libros para niños, y el final del primer capítulo, en el que el narrador se ve obligado a “ponerse a la altura” (Je me mettais à sa portée) de sus interlocutores cuando no entendían el verdadero significado de su dibujo. De este modo habremos de averiguar quién es este narrador, quiénes son las “personas grandes” (y qué tipo de relación existe entre aquél y éstas), a qué responde esta lógica de la representación, y por último y más importante quizás, si nosotros pertenecemos a esa clase de gente que “hasta” puede comprender un libro para niños…

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