Hace algunos años (1997), el mexicano Octavio Paz preparó y tradujo una edición de los textos más importantes de Chuang-Tzu (o Zhuang Zi) para la editorial Siruela, obra no muy conocida incluso por los seguidores del Nobel de Literatura. A juicio de Octavio Paz, Chuang-Tzu no sólo fue un gran filósofo, sino también un notable poeta, maestro de la paradoja y del humor, «puentes colgantes entre el concepto y la iluminación sin palabras». El taoísmo irrumpió con toda su fuerza en el siglo cuarto antes de Cristo gracias al conglomerado de doctrinas y religiones personales que tuvieron como resultado la formación de grupos más o menos reducidos de discípulos, siempre en torno a una figura central: un maestro. Tales grupúsculos albergaban la misma tendencia hacia la experiencia mística, cuya nota central encerraba la posibilidad de buscar la inmortalidad a través de la unión con el Tao (principio tanto inmanente como trascendente que rige el universo).

Sin embargo, Chuang-Tzu dejó de lado la inmortalidad y las prácticas rituales más dogmáticas, interesándose más por el éxtasis místico: aquel hombre (o Santo) que se sitúe en el centro de todas las oposiciones y que se una al Tao, penetrará finalmente en los misterios del mundo y estará, a la vez, dentro y fuera del cosmos. Actualmente es considerado, junto a Lao Tse, el padre del taoísmo. Los estudiosos occidentales reconocen la ascendencia filosófica de los escritos de Chuang-Tzu, pero de mano de sus propios textos podríamos preguntarnos: ¿de qué sirve realmente un filósofo? El pensamiento central de este autor apunta hacia la parcialidad de todo pensamiento, reconociendo la relatividad de todas las cosas: se trata de destruir la certeza del lenguaje lógico y lineal, evolucionando hacia una estructura del mundo mítico-simbólica.

Octavio Paz escribe a este respecto que «cuando los virtuosos –es decir: los filósofos, los que creen que saben lo que es bueno y lo que es malo– toman el poder, instauran la tiranía más insoportable: la de los justos. El reino de los filósofos, nos dice Chuang-Tzu, se transforma fatalmente en despotismo y terror». El asunto central es que podemos llegar a ser castigados en nombre de la virtud y de la salvaguarda del bienestar en el Estado. Frente a una sociedad bipolar, clasificada en justos y criminales, Chuang-Tzu reivindica una comunidad de ermitaños y gente sencilla, de sabios rústicos. Si bien encontramos en la actualidad un apego desmedido por el poder, el éxito, la fama, la utilidad y la eficacia, los primeros taoístas predicaban lo contrario.

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Y es que, responde Chuang-Tzu a uno de sus pupilos al ser preguntado por el valor práctico de sus enseñanzas, «sólo los que conocen el valor de lo inútil pueden hablar de lo que es útil». Podemos, en este punto, recordar algunos puntos de conexión entre el taoísmo y el cinismo. La kynikòs bíos o modo de vivir cínico es considerado por los especialistas como una mezcla entre humor y gravedad, díada que en muchos aspectos mantiene nexos con la manera en que hoy vivimos. El poder, y de su mano, la influencia que el Estado y distintas organizaciones y empresas ejercen sobre la sociedad, suponen una barrera muy difícil de sortear. En este sentido, recuerdo ahora el concepto de “maya” recogido en las Upanishad: no es que existan dos realidades distintas y separadas, sino sólo una que es observada desde distintos puntos de vista.

Si tiramos de este hilo y extraemos conclusiones de lo que leemos en los Vedas, sería muy provechoso fijar la atención en la etimología de la palabra griega que calificaba los textos de los filósofos cínicos, spoudogéloios, que en español se traduce como “el burlador de lo serio”. Como miembros de una sociedad, podemos optar por dos tipos de perspectivas: a) toma de conciencia de aquella dualidad (que, llegado el caso, podría mover a la acción, y quizás, a la rebelión), o b) la asimilación pasiva del aspecto de la realidad que como sujetos autónomos observamos, y que por ello, tomamos como único y verdadero. El cinismo puede ayudar, precisamente, a desmitificar esta última conjetura que se nos antoja en muchas ocasiones como unívoco camino, en la medida en que los poderes establecidos –creemos- no nos dan otra opción.

Sin embargo, el cinismo no sólo plantea un desmedido denuedo por atentar contra los convencionalismos sociales, sino que intenta aplicar, mediante el ridículo y la denuncia, un didactismo que nos mueva al uso de la razón, y en último término, a la virtud moral. En este juego de humor crítico que ejercen los cínicos, se adivina –y es a mi juicio el dato más reseñable de cara a relacionar la cuaterna Cinismo-Poder-Liderazgo-Consumo–, un diálogo muy interesante (por las consecuencias que de él se podrían desgajar) entre el poder establecido y la sátira que esta escuela filosófica llevó a cabo. Ambos suponen estratos que, aun en aparente relación litigante, no pueden subsistir sin su –pretendidamente- contrario. En una palabra: sendos mecanismos se autorregulan en la medida en que existen.

Como resultado de este conflicto en el que los combatientes mantienen sus armas alzadas y visibles sin arremeter contra su hipotético enemigo, se desprenden dos cuestiones (véase el gráfico de la imagen): a) ¿qué hay? (plano fáctico) y b) ¿qué puede haber? (plano de la posibilidad). Terminaré con la alusión a un mito griego: el dios heleno Momo fue expulsado (como nos cuenta Hesíodo en Teogonía, 214) del Olimpo por Zeus, a causa de su excesiva crítica e incorregible conducta censora (lo que nos recuerda mucho a la actitud cínica). Si tomamos a Zeus como el poder establecido y a Momo como cínico, diríamos que –en el modo en que yo me cuento la historia- nunca podría haberse dado tal situación. El equilibrio entre ambas fuerzas se mantendría aun a pesar de que ninguno de los dos saliera vencedor. Pues lo que aquí importa no es la victoria o la derrota, sino la asunción de papeles que, en cada momento de la historia, cada cual ha de asumir. Precisamente, de tal estado de guardia se desprende el poder que cada contendiente otorga a su oponente: las acometidas no se dan, simplemente, porque no conviene.