Uta Ranke-Heinemann (1927) es una teóloga alemana, fue compañera de estudios de Ratzinger y la primera mujer del mundo en obtener una cátedra de teología católica. Fue excomulgada en 1987 por sostener que la virginidad de María no era una virginidad biológica, sino sólo teológica. En su libro Eunucos por el reino de los cielos hace un recorrido histórico de las diversas posturas de la Iglesia frente a temas de sexualidad, preguntándose siempre acerca del porqué de la aversión de esta institución al placer, a la mujer y a todo lo que pueda suponer una amenaza a la vida célibe.
El título de la obra hace referencia al pasaje del Evangelio de Mateo (19, 1-13) que dio pie a que se instituyera el celibato entre los ministros de la Iglesia. Hay que constatar que sólo a partir del año 1139 se impuso el celibato como obligatorio, hasta entonces los curas podían casarse, y de hecho era lo más común (hasta el punto de que muchos tuvieron problemas por seguir casados después de la prohibición, y varias diócesis se opusieron a ésta por ese motivo). En tal pasaje de Mateo Jesús es interrogado sobre si es lícito contraer segundas nupcias habiendo despedido a la propia mujer “por cualquier motivo”, tal y como había permitido hacer Moisés. Él contesta que no, y a la réplica de que entonces “no es buena cosa casarse”, responde que hay quienes se contienen por el reino de los cielos, es decir, quienes son capaces de no cometer adulterio por no romper el matrimonio, o, lo que es lo mismo, por no pecar (pues los esposos han de ser una sola carne, como se dice en el mismo pasaje). Evidentemente, los clérigos lo interpretaron como contenerse para dedicar la vida a Dios. Dicho de otra manera, para Ranke-Heinemann, lo que en palabras de Jesús era una defensa del matrimonio y de su indisolubilidad, a la par que un ataque al machista precepto mosaico según el cual el hombre podía despedir a su mujer cuando quisiera, se transforma con los siglos y las elucubraciones de los teólogos cristianos en la prueba irrefutable de que Cristo defendió en algún momento el celibato.
De la misma manera, siempre muy rigurosamente y haciendo referencia a todos los textos pertinentes, la autora va presentando otros pasajes donde se muestra cómo los apóstoles estaban en su mayoría casados, y cómo, si tocan el tema del celibato es siempre muy tangencialmente y nunca poniendo como ejemplo a Jesús (lo que para muchos es una prueba de que aquél vivía conforme a la tradición judía, casado).
A raíz de la obsesión que empieza a surgir por el celibato comienza una ola de desprestigio de la mujer y de todo lo que tiene que ver con ella que durará hasta nuestros días. Y ese “todo lo que tiene que ver con ella” hace referencia, principalmente, a la sexualidad, pues desde la teología agustiniana se entiende que Dios dio la mujer al varón sólo para el fin de procrear (para el resto de actividades siempre es preferible un igual, es decir, un hombre). De modo que es ésta la única función de la mujer, a los ojos de los Padres de la Iglesia.
Ese desprestigio y estigmatización de la mujer no se entiende si uno se atiene meramente a la vida de Cristo. Como señala la autora, «Jesús era amigo de mujeres», y esa «naturalidad de Jesús con las mujeres chocaba a sus propios discípulos» (Cap. 8). Más tarde recalca que «[l]os celibatarios no han conseguido nunca tratar con normalidad a las mujeres. Su estado y modo de vida se asienta en una tan marcada diferenciación y oposición respecto del matrimonio y la feminidad, que ven siempre a la mujer como negación y amenaza de la existencia del celibato». Esta concepción de la mujer, evidentemente, influirá a la hora de considerar todos y cada uno de los temas que tengan que ver con la vida sexual. Por mencionar sólo un par de burradas que se seguían de la consideración de la mujer como algo impuro baste el hecho de que se les prohibiera asistir al bautizo de sus propios hijos, por haber parido recientemente, o de que no pudieran acercarse a la zona del altar (tampoco, por tanto cantar, lo que dio origen a los coros de castrados) ni manipular ningún objeto consagrado (razón que esgrimían para que no pudiera haber sacerdotisas).
Aparte de la infravaloración de la mujer, sorprende a Ranke-Heinemann la concepción del matrimonio que se maneja, ajena totalmente al amor que podrían profesarse los esposos, y siempre atenta únicamente a la procreación y a la prevención de la incontinencia. Tanta era la preocupación de los eclesiásticos por estos temas (como si no hubiera cosas más importantes de qué preocuparse…), que llegaron a elaborar una intrincada casuística donde se exponen los posibles pecados conyugales con sus penas. Entre ellos cabe destacar la consideración del sexo oral, la sodomía y el apartarse de la postura sexual permitida por la Iglesia como acciones gravemente pecaminosas.
Sería imposible relatar con un mínimo de detalle la variedad de temas que trata la autora con su estilo riguroso y ameno: contraconcepción, homosexualidad, aborto, incesto… Eso sí, el rasgo, a mi juicio, más destacable, por tratarse de estos temas, es que en ningún momento Ranke-Heinemann defiende ni se opone a postura alguna: simplemente expone los hechos, citando los textos y cánones pertinentes. Su postura concreta acerca de los problemas que se formulan nunca es a favor ni en contra. Ella sólo destaca, a lo largo de toda la obra, que ni los teólogos ni la Iglesia (ni el Estado, llega a decir, al hablar de la necesidad de certificados de matrimonio) son nadie para meterse en estas cuestiones, para amenazar, inquirir, prohibir o coaccionar. Sólo cada pareja, resalta la teóloga, puede decidir sobre estas cuestiones conjunta y libremente.

About these ads